NACIMIENTO DE LA UCR_4°B,4°B-HISTORIA_ROMERO LORENA
Transformaciones
sociales: Nacimiento de la UCR
El
Régimen oligárquico argentino enfrento varios desafíos en su historia. Una
primera fuente de oposición provino de sectores de la dirigencia, agrupados
primero en la U.C y luego en la U.C.R
Estas
organizaciones cuestionaron la democracia restringida y formal vigente y
reclamaron un cambio en el régimen político. Otros reclamos surgieron de las
clases populares, que no tenían la posibilidad de participar en el sistema
político y de corrientes ideológicas, como el anarquismo y socialismo, que
rechazaban el orden económico y social establecido.
Finalmente,
en la elite, coexistían ideas opuestas que ocasionaron enfrentamientos y
desacuerdos en la propia oligarquía.
ACTIVIDADES
1) a- ¿Cuándo se
creó la Unión Cívica ?
¿Quiénes la dirigían?
b- Menciona los fines perseguidos por la
U.C. y los logros obtenidos por ella
2) Marca en el texto las palabras que
desconozcas y busca su significado en el diccionario
3) Investiga que ocurrió en la Revolución de 1893 y
qué relación tiene este hecho con el suicidio de Alem
4) Transcribe las características de Leandro N.
Alem según la nota de la Nación
5) Según el artículo de la Nación , ¿Cuál es la
sensación que provoca la muerte la
Alem ?
6) ¿Cuál consideras qué es la virtud más
destacaba de Alem?
7) ¿Qué es lo que quiere decir, en su
testamento, cuando afirma: “que se rompa, pero que no se doble”?
8) ¿Cuál es el último pedido de Alem en su
testamento?
Testamento político
de Leandro N. Alem
1
de julio de 1896
Leandro
Nicéforo Alem
Para
publicar
He
terminado mi carrera, he concluido mi misión… Para vivir estéril, inútil y
deprimido, es preferible morir. ¡Sí! que se rompa pero que no se doble.
He
luchado de una manera indecible en estos últimos tiempos, pero mis fuerzas –tal
vez gastadas ya– han sido incapaces para detener la montaña… ¡y la montaña me
aplastó…!
He
dado todo lo que podía dar; todo lo que humanamente se puede exigir a un
hombre, y al fin mis fuerzas se han agotado… ¡y para vivir inútil, estéril y
deprimido es preferible morir!
¡Entrego
decorosa y dignamente lo que me queda, mi última sangre, el resto de mi vida!
Los
sentimientos que me han impulsado, las ideas que han alumbrado mi alma, los
móviles, las causas, y los propósitos de mi acción y de mi lucha – en general–,
en mi vida, son, creo, perfectamente conocidos. Si me engaño a este respecto será
una desgracia que yo no podré ya sentir ni remediar.
Ahí
está mi labor y mi acción desde largos años, desde muy joven, desde muy niño,
luchando siempre de abajo. No es el orgullo que me dicta estas palabras ni es
debilidad en estos momentos lo que me hace tomar esta resolución. Es un
convencimiento profundo que se ha apoderado de mi alma en el sentido que lo
enuncio en los primeros párrafos, después de haberlo pensado, meditado y
reflexionado mucho, en un solemne recogimiento.
Entrego,
pues, mi labor y mi memoria al juicio del pueblo, por cuya noble causa he
luchado constantemente.
En
estos momentos el Partido Popular se prepara para entrar nuevamente en acción,
en bien de la patria. Esta es mi idea, éste es mi sentimiento, ésta es mi
convicción arraigada, sin ofender a nadie; yo mismo he dado el primer impulso,
y sin embargo, no puedo continuar.
Mis
dolencias son gravísimas, necesariamente mortales.
¡Adelante
los que quedan!
¡Ah!
Cuánto bien ha podido hacer este partido si no hubiesen promediado ciertas
causas y ciertos factores… ¡No importa! Todavía puede hacerse mucho. Pertenece
principalmente a las nuevas generaciones. Ellas le dieron origen y ellas sabrán
consumar la obra. ¡Deben consumarla!
Leandro
N. Alem
La Nación, 2 de julio de 1896.
¿Cómo había ocurrido la catástrofe? El
doctor Leandro N. Alem había dado fin a su existencia, disparándose dentro del
coche que lo conducía al Club del Progreso, un tiro en la sien derecha. Cuando
el portero del Club abrió la portezuela del carruaje, el tribuno popular, el
agitador, el caudillo, era cadáver.
Ese cadáver fue piadosamente subido a
uno de los salones del club, colocado sobre una mesa, cubierto el rostro
varonil con el poncho de vicuña, semivelado así a la gente de todas las
opiniones que acudía a saludarlo con lágrimas en los ojos.
Se había suicidado Alem. Leandro Alem,
el de las largas barbas plateadas ya, el de los ojos vivos y fulgurantes, el de
la palabra vibrante y perentoria, el caudillo, el jefe, el hombre de la calle y
de la plaza pública, que arrebataba a las multitudes cuando les hablaba por
ellas, cuando los llevaba adonde él quería llevarlas, casi ídolo, con su
ascético rostro, con su vida clara, con su altruismo extraño, y así ha muerto,
tendido sobre una mesa, cubierta la cara ensangrentada con el poncho de vicuña
de sus amores nacionales. ¿Por qué? Todos preguntaban el por qué, todos querían
conocerlo, y hubieran cuestionado al cadáver si hubiera podido contestar, y
quedaban mudos ante ese enigma. ¿Cómo, cuando se es jefe de un partido
poderoso, cuando se influye en los destinos de una Nación, cuando se ha llegado
a una popularidad, casi sin precedentes, se puede cortar así el hilo de una
existencia, saltar así a la nada, romper así con todo lo que sonríe y lo que
promete ? ...Hombre maduro, el doctor Alem había visto muchas cosas, había
pulsado muchas pasiones, había hecho muchos sacrificios, y llegado el momento
del balance se había encontrado él solo en pérdida, después de haber puesto
casi todo el capital. Muere en su teatro, en la calle de sus triunfos y las
causas de su muerte no han de conocerse tal vez por entero. Es un hombre de
abnegación y convicciones que se mata, y cuya muerte produce honda sensación en
amigos y enemigos; un luchador que supo estar en pugna con todo lo existente
que le parecía malo, rodearse de una aureola popular, significar por sí mismo,
encarnar en su persona todo un partido y obligar a los demás a considerarlo un
bienintencionado pasionista, pero que todo lo supeditaba al bienestar común; un
caudillo por su exterioridad y su psicología, término extremo y necesario para
el desenvolvimiento de un país democrático como el nuestro. Aún los que no
estaban de acuerdo con su lucha, han de ver que su actitud estaba informada por
una pasión sincera y, aunque excesiva, nunca inspirada en un propósito de medro
personal. Cuando la candidatura de uno de sus amigos políticos a la Presidencia
de la República él supo desligarse orgullosamente al creer que se tomaba un mal
camino y el pueblo le llamó austero. Más tarde se entregó en cuerpo y alma al
triunfo de la revolución del 90, y luego siempre lleno de las mejores
intenciones, ofuscado sólo por su pasión de ir ligero, de saltar obstáculos, de
llegar a pesar de todo y perentoriamente al fin, si contribuyó a la escisión y
pérdida de fuerzas de la Unión Cívica, fue con el ansia de crear un partido
formidable que arrasara con todo de una vez y llegar a la conquista del ideal
democrático, con una sola carga de sus decididas huestes. ¡Ay! Eso era
imposible y las dificultades se han ido aumentando, amontonando hasta formar
barrera insalvable; no triunfa ya en nuestro siglo lo que no se ajusta a la
evolución, lo que no la sigue, lo que no se vale de ella. El doctor Alem se
inició muy joven en la vida pública, en épocas en que se creía necesaria la
violencia y desde un principio hízose notar por su carácter que significaba
siempre una manera terminante y absoluta. Su nombre era conocido y
relativamente popular antes del 90 en que alcanzó ultísima figuración y
representó en su persona el grupo numeroso de los excesivos, de los que querían
llegar a saltos al ideal, contra la regla de la naturaleza. Llegó así, lejos
del gobierno, repudiándolo siempre, deseándolo mejor, libre de tachas mejor
dicho, a gozar de una rara popularidad que lo ha acompañado hasta el último día
de su vida y que hará que la noticia de su suicidio cause verdadero estupor y
provoque una extraordinaria manifestación de duelo. Anoche, cuando corrió la
triste noticia no había quien no se negase a creerla; cuando el convencimiento
llegaba, surgían siempre frases de amargo pesar de todos los labios, porque al
fin es uno de los nuestros, un hijo de la tierra, un genuino representante de
las cosas que fueron y aún son, el que a la hora de esta, yace sobre una mesa del
Club del Progreso con su rostro enjuto y su luenga barba casi blanca, cubierto
con el poncho de vicuña de sus amores nacionales el que lo acompañó a los
atrios de las elecciones sangrientas o a los congresos de debate tranquilo. ¡Duerma
en paz Leandro Alem ! Que el descanso eterno la compense de su lucha continua.
En nuestra historia tiene un puesto, su nombre vivirá y hoy no habrá en toda la
República quien no lamente su trágica muerte y rinda tributo a sus virtudes. Alma
noble, luchador incansable, hombre de raro temple, librado a los embates de la
suerte pocas veces propicias ha llegado al término de su carrera con la
estimación de propios y extraños y sin duda por eso en su rostro demacrado y en
sus blancas barbas hay aún, después de la muerte, un sello de placidez y de
entereza. ¡Duerma en paz Leandro Alem! "
